miércoles, diciembre 28, 2005

173 + 405 + 466 + 162 = 1206

173.

[…]
Aprendí en los sueños a coronar de imágenes las frentes de lo cotidiano, a decir lo común con extrañeza, lo sencillo con derivaciones, a dorar, con un sol de artificio, los rincones y los muebles muertos y a poner música, como para arrullarme cuando las escribo, a las frases fluidas de mi fijación.
405.

La vida, para la mayoría de los hombres, es un fastidio acontecido sin darse cuenta, una cosa triste compuesta de pausas alegres, algo así como los momentos de intercambio de chistes que cuentan los que velan los muertos, para pasar la calma de la noche y la obligación del velatorio. Siempre encontré fútil considerar la vida como un valle de lágrimas, sí, pero donde raras veces se llora. Decía Heine que, después de las grandes tragedias, acabamos siempre por sonarnos. Como judío, y por lo tanto universal, vio con claridad la naturaleza universal de la humanidad.
La vida sería insoportable si tuviéramos conciencia de ella. Felizmente no lo hacemos. Vivimos con la misma inconsciencia que los animales, del mismo modo fútil e inútil, y si presentimos la muerte, que es de suponer, sin que tenga por ello que ser cierto, que ellos no presienten, la presentimos a través de tantos olvidos, de tantas distracciones y desvíos, que casi no podemos decir que pensemos en ella.
Así vivimos, y eso es muy poco para que podamos juzgarnos superiores a los animales. Nuestra diferencia con ellos consiste en el pormenor puramente externo de hablar o de escribir, de tener inteligencia abstracta para sustraernos a tenerla concreta, y de imaginar cosas imposibles. Todo eso, sin embargo, no son más que accidentes de nuestro organismo fundamental. El hablar y el escribir nada aportan de nuevo a nuestro instinto primordial de vivir sin saber cómo. Nuestra inteligencia abstracta no sirve sino para construir sistemas, o ideas medio-sistemas, de lo que en los animales significa sólo estar al sol. Nuestra imaginación de lo imposible quizás no sea exclusivamente nuestra, que yo ya he visto gatos mirando a la luna, y no sé si no la pretendían.
Todo el mundo, toda la vida, es un vasto sistema de inconsciencias operando a través de conciencias individuales. Así como con dos gases, haciendo pasar a través de ellos una corriente eléctrica, se puede hacer un líquido, así con dos conciencias –la de nuestro ser concreto y la de nuestro ser abstracto– se hace, pasando a través de ellas la vida y el mundo, una inconsciencia superior.
Feliz, pues, quien no piensa, porque cumple por instinto y por destino orgánico lo que todos nosotros tenemos que cumplir por desvío y por destino inorgánico o social. Feliz aquel que más se asemeja a los brutos, porque es sin esfuerzo lo que todos nosotros somos gracias a un trabajo impuesto; porque sabe el camino a casa, que los demás no encontramos sino por atajos de ficción y de regresos; porque, enraizado como un árbol, forma parte del paisaje y por tanto de la belleza, y no, como nosotros, mitos de paso, figurantes en traje vivo de la inutilidad y del olvido.
466.

El hombre no debe poder ver su propia cara. Eso es lo más terrible de todo. La Naturaleza le dio el don de no poderla ver, como también el de no poder mirar sus propios ojos.
Sólo en el agua de los ríos y de los lagos podía él contemplar su rostro. Pero hasta la postura que había de adoptar era simbólica. Tenía que curvarse, inclinarse para cometer la ignominia de verse.
El inventor del espejo envenenó el alma de los hombres.
162.

Todo lo que de desagradable nos sucede en la vida –papeles ridículos que hacemos, malos gestos que tenemos, lapsos en que caemos en cualquiera de las virtudes– debe ser considerado como mero accidente externo, incapaz de alcanzar la sustancia del alma. Lo sintamos como un dolor de muelas o callos de la vida, es algo que nos incomoda, pero es exterior a nosotros aunque sea nuestro, que sólo tiene que presuponer nuestra existencia orgánica o preocupar a lo que hay de vital en nosotros.
Cuando alcanzamos esa actitud, que es, aunque de otro modo, la de los místicos, estamos protegidos no sólo del mundo sino de nosotros mismos, pues vencemos lo que es exterior a nosotros, otra cosa, lo contrario de nosotros y por esa razón nuestro enemigo.
Dijo Horacio, hablando del varón justo, dijera que se mantendría impávido aunque a su alrededor el mundo se viniera abajo. La imagen es absurda, mas su sentido justo. Aunque a nuestro alrededor se desmorone lo que fingimos ser, porque coexistimos, debemos permanecer impávidos –no porque seamos justos, sino por ser nosotros, y ser nosotros significa no tener nada que ver con esas cosas exteriores que se desmoronan, aunque se desmoronen sobre lo que para ellas somos.
La vida debe ser, para los mejores, un sueño que se niega a cualquier confrontación.

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