miércoles, diciembre 28, 2005

ANTANANARIVO, relato ganador del concurso

18 enero
Érase una vez un anciano que gritaba con peines. Cogía los peines sutilmente, y gritaba. De vez en cuando, también escribía prosa y su nombre era Rogelio. Oía el violín en las mañanas de lunes. Lo oía en la televisión y lo oía en la mesa. Repensaba lo que no había pensado. Cuando caía la tarde, hablaba como un anciano iracundo y soberbio.
- ¡Decrépitos ácaros maléficos! ¡Traedme el postre ya, malditos imbéciles!
Por eso, para escuchar lo que tenía que decir Rogelio, venía Sara cada mañana. Siempre después de los violines. Rogelio sabía que venía Sara por su marcado acento húngaro cuando pisaba los tablones de la escalera.
19 enero
En su diario, que visto desde arriba es rectangular y tiene tapas, reflexionan las letras sobre si habrían de estar las unas con las otras o no. Existen efes en el diario de Rogelio que no se llevan bien con las ues. Cuando las ven acercarse con fuego o enfurecidas, las efes se esconden tras las farolas o simulan que la filogenia entre vocales y consonantes es normal.
Rogelio no es un especialista en semiótica, aunque sus gafas podrían delatarlo, pero sabe que si dos letras no se llevan bien, es mejor mantenerlas alejadas.
Cuando se despide de Sara, se dice a sí mismo que una mañana le dirá lo guapa que está. Y también le dirá que necesita cartón para construir una muralla como la Muralla China. Pero que su muralla será más humilde, y que aunque no se vea desde la Luna, será suya. Y eso es lo que importa.

24 enero
Telesforo murió ayer. No dijo a nadie que se moría. Nadie sabía que se iba a morir. Salvo Rogelio. Más que nada porque estaba vivo. Y como bien dice Rogelio a Pedro, a Máximo y a Esteban: estar vivo implica que todos vamos a morir, la cuestión es cuándo.
Es una pena no tener un funeral de vez en cuando. A mí me gusta que, de vez en cuando, la gente me diga que soy buena persona.
26 enero
El camino que recorre Sara por la casa me perturba. Coge una cosa, la deja. Coge otra cosa, la deja. Y así, etcétera, sucesivamente, ad infinítum, siempre.
Sara me regala unas pastillas de colores. Verdes y azules primero, con zumo. Y luego amarillas. Mal sabor.
Cuando quiero ir a ver a mi abuelo, llamo a Esteban y subimos al monte. Cogemos el camino de la serrería. No nos gusta serrar, por eso dejamos que lo hagan otros. Mi abuelo, por ejemplo, es un hombre que tiene mucha fuerza. Sus brazos son fuertes y su pelo me saluda cuando me ve. Hace chas chas. Algunos días si llueve, o si lleva boina, se calla. Creo que es cuando está enfadado. El pelo de mi abuelo.
Sara no conoce a mi abuelo. Me gustaría que lo conociese. Mañana, si me acuerdo, le hablaré de la serrería y de los brazos de mi abuelo. Le hablaré de Telesforo, cuando estaba vivo.
Mañana
No sé que día es hoy. Sé que esta enfermedad me está devorando. Es insoportable. Por más que intento saber qué he de hacer hoy, o como se llama la chica que viene a limpiar la casa, no soy capaz.
Se me está olvidando la cara de Rosa. Es insoportable.
9 febrero
Me he despertado en mitad de la noche y llovía blanco.
Es bonito.
Sara me ha sonreído como nunca. Y su sonrisa me ha cautivado. Me ha recordado a una chica de mi pueblo de la que estuve enamorado y a la que nunca llegué a decir nada.
Pensé en acercarme a ella un día de finales de verano. Cuando me decidí a ir a buscarla a su casa, su tía me dijo que se había marchado con sus padres a la ciudad para siempre. Para no volver.
- Sara, tu sonrisa me recuerda…
14 febrero
Ayer salí a la calle. Cogí un albornoz para apoyarme y de camino al armario conocí a las gemelas Katiuskas, unas señoritas de goma.
En la calle, toqué a un perro intrínseco. Se acercó a mí, y mi olor a muerte lo ahuyentó. Pobre.
Los niños son graciosos. Me gusta verlos, con sus trajes de inocencia y de maldad extrema. Son anarquistas pacíficos. Creo que he de escribir sobre ello.
También hablé con el quiosquero. Me dijo que el mundo cada vez está peor. Yo sé que es mentira. Hace ciento cincuenta años los niños en Inglaterra cavaban en minas de carbón y ahora me sonríen y me hablan de cosas incomprensibles.
Ayer por la noche encontré una nota en mi abrigo. Reconocí mi letra, le dije Hola, ponía: la anarquía de los niños.
- ¡Y que se ría Bakunin en la estantería de mi salón! ¡Y Kropotkin también! ¡Que se rían mientras puedan vivir en lo alto del estante! ¡Que se rían!
No debería existir el polvo acumulado. Confiere a los libros un prestigio que sólo unos pocos merecen.
14 febrero
Aunque sé que hoy ya es mañana y que el día de ayer no es el mismo que el de hoy, para mí sí. Sólo veo las semanas como el paso del tiempo que me queda. Me siento vacío. Siento que no soy capaz de mirar hacia atrás y ver nada de lo que he hecho. Me cuentan mis hijas, cuando por ventura aparecen por aquí, cosas que no recuerdo haber hecho. Les miro a la cara, y no me transmiten nada. Ningún sentimiento. Sé que son mis hijas porque siguen viniendo, pero no asimilo su rostro en mi mente. Me siento aislado de mí mismo. Me paso horas intentando recordar. Cada vez menos. Cada vez peor. Me siento débil.
Echo de menos a mi esposa. Hoy se cumplen seis años de su muerte. Eso sí que lo recuerdo. Hizo mucho sol. Pobre Rosa.
29 febrero
Bisiesto es una palabra esperpéntica. Se ríe de mí. Dice que hoy no existe.
37 febrero
Hoy he estado en Funafuti comiendo fresas radiactivas. He estado con mi mujer. Había un pequeño barco que me recordaba a las góndolas venecianas, pero no tenía remo. Un señor me llamaba Adolfo, no sé por qué la verdad.
Yo le decía, ¿Por qué me llama Adolfo?
Y él ponía cara de bobo. Así que lo dejé pasar y dimos una vuelta en barco. Cuando atracamos en Antananarivo ayudé a mi esposa a bajarse y le di un beso de tornillo, como en las películas de Gary Cooper. Y así estuvimos mil doscientos seis segundos, como mínimo. Porque como máximo, me convertí en rey de Madagascar y conquisté parte de los mares del sur.

Este señor de blanco se parece a Esteban, aunque dice que se llama Tomás. Creo que es una broma de Sara. Yo hago como si no me diese cuenta. También hay a mi lado un señor muy viejo que apenas habla. Debe tener hambre porque echa babas. ¡Y no es un caracol!
Antes una chica me dijo que mañana tocaría el violín para mí. Y muy agradecido dije:
- Gracias.
Es simpático el color de los jerséis. Máximo, verde botella. Esteban, verde vaso. Tomás, verde vino. Sara, verde prosopopeya.
Antes de que me quedara dormido, Tomás me sacó tubos de dentro y se despidió:
- Descansa, Rogelio.
- Hasta mañana, Tomás.


Ante el vasto cielo estrellado y el enigma de muchas almas,
la noche del abismo incógnito y el caos de no comprender nada
.”
Fernando Pessoa (Libro del desasosiego)

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