sábado, febrero 11, 2006

Tres poemas para Kevin Ayers

Mientras me mira

En la importancia de creer contrafabulando
hay apócopes famélicos y niños que se suicidan,
nuestro mar, con sus olas y sus luces y sus aconteceres,
de puestas de sol que son muchedumbres
o discrepancias entre olas, por el espacio de un hueco,
por donde el líquido se derrama
y se mancha el ombligo, pintando la cama,
-y la cara-, de un rojo de sangre hediondo
que es el imposible de limpiar de mi conciencia
Y desdibuja su cara colocando lápidas,
y se sienta en el resquicio del ciprés,
y siempre está muerto cuando lo hace,
mientras me mira.


Las ratas

Cuando le sujetaba el bastón había ratas,
y luego se fueron para jugar más lejos, sin miedo de nada,
sin ese temor de las ratas a que les perturben el sueño,
y salían simpáticas cruces que eran sombras espaciales,
y no tenían sentido más que para mí, que era el chico especial,
porque su pleura hacía ¡fff! ¡fff!, y nada decía ya,
sólo incomprensibles palabras, cortesía de clase.
Sujetando el compás cedía en los requiebros,
que el viejo al caminar, hacía mientras pisaba
la vida de los ratones que, mediada la tarde,
echaban la partida en el bar de la ignorancia.


A Jaime Gil de Biedma

Ante mí, aún virgen e imperfecto, un volumen no abierto
de la sutil poesía del señor Gil de Biedma,
un Jaime entrecortado entre la página del día y el Madrid imperpetuo,
que entre lamento y lamento cantaba trompe l’oeil
y luego posaba el lápiz sobre el espacio sin tiempo,
que la poesía dicen es el manjar del cadáver,
pero por boca de Milton o Goethe, que son perestroikas muertas en lenguas capitales.
Y los pecados de Dios, sus bichas.

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